Hernán Cortés llega a Cozumel

Se cumple el V Centenario de la expedición de Hernán Cortés a la Nueva España, cuya primera etapa fue la isla de Cozumel. Coincide con la demanda de Andrés Manuel López Obrador de una petición de disculpa por parte de España. No comentaremos tan disparatada petición. Ya hemos publicado en este blog entradas sobre la acción de España en América. Nos limitaremos a transcribir un breve párrafo sobre la llegada de Cortés a Cozumel, extraído del libro de Jean Descola, Hernán Cortés, que resulta sobradamente elocuente.

«En los primeros días de febrero de 1519 está todo dispuesto. Primera etapa: la isla de Cozumel, al nordeste de Yucatán. Paisaje conocido para algunos, pero nuevo para Cortés. Los españoles echan el ancla y desembarcan. Alvarado, siempre dispuesto para la batalla, empieza a saquear e imponer tributo a los insulares. Cortés frena el ardor de su lugarteniente. Él no entiende la conquista así. Por medio de Melchor, toma lenguas con los indígenas. Empiezan las conversaciones y los intercambios. Cortés contempla aquellos templos de piedra cuyas columnas están a veces decoradas con cruces. ¿Serán vestigios de alguna remota influencia cristiana? Cortés se inclina a creerlo hasta que asiste a la celebración del culto. Un sacerdote con una túnica de algodón negra y con el pelo en trenzas que le caen hasta los hombros gesticula ante una silenciosa concurrencia de fieles. Les señala, para que los adoren, unos groseros ídolos tallados en granito y embadurnados de sangre. De sangre humana, aclara el intérprete. Estos ritos se parecen poco a los de la religión católica. Entonces Cortés pronuncia su primer discurso político. ¡Si quieren ser amigos suyos, que derriben inmediatamente aquellos ídolos de piedra! Los indios, mudos y consternados, no saben qué pensar de este sorprendente lenguaje. ¿Puede haber dioses distintos –y mejores- que los suyos? Se estremecen de horror al ver a los soldados blancos derribar las estatuas sagradas, lavar los muros y los altares manchados de sangre y arrojar a sablazos –de plano- a los sacerdotes con el pelo erizado. En lugar de los ídolos, Cortés manda poner una imagen de la Virgen con el Niño Jesús. El conmovedor símbolo de la maternidad sustituye a los horribles rostros de los dioses ensangrentados. El padre Olmedo dice misa en el altar purificado. Y, por medio de Melchor, predica a los paganos. Sea por la elocuencia del predicador o por la pasividad de los indígenas, el caso es que éstos parecen fáciles de convencer. Muchos aceptan el bautismo».

Acerca del autor

Diego Urban

Historiador por temperamento y vocación. Licenciado en Historia por la Universidad de Valencia. Autor del documental "La cruz, el perdón y la gloria" y del libro "¡Arde, Líbano! Guerra, política internacional y facciones en el Líbano (1969-1977)". En 2017 comenzó a publicar el blog Suprahistoria.com


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