La campaña contra Roca Barea

La campaña contra María Elvira Roca Barea parece que viene de antes y, al parecer, hay algo más en su origen que las cuestiones científicas. En las últimas semanas ha sido agitada por un elocuente artículo de Arturo Pérez Reverte, publicado el pasado 22 de diciembre, y por una inaudita investigación del diario El País sobre los posibles errores de Roca Barea –que también contiene errores-.

La polémica trasciende a ambos y lleva siglos y centenares de libros. Vamos a aprovecharla para ver qué hay detrás de las críticas a la obra de Roca Barea o a lo injusto de juzgar el pasado con los ojos del presente. Y vamos a centrarnos en la Inquisición, que es posiblemente la institución más denostada de la Historia de España, a pesar de que en la España del Frente Popular, por ejemplo, se asesinó en un solo día a mucha más gente que en los casi cuatro siglos de existencia del tribunal. Sin embargo, el Frente Popular es defendido hoy y ensalzado, mientras, por el contrario, nadie puede ni siquiera situar a la Inquisición como una cuestión histórica.

En primer lugar, Reverte asegura que defender una visión histórica de la Inquisición, como lo hace Roca Barea con más o menos acierto, es una estupidez. Y pone como ejemplos a seguir en este sentido a Baroja, Galdós o Blasco Ibáñez, novelistas como él, para explicar qué es la Inquisición, aunque ninguno de ellos es contemporáneo del tribunal. Esto bastaría para que nos demos cuenta en qué terreno se mueve la polémica: Roca Barea intenta situar la cuestión en la historia y Pérez Reverte se la lleva al juicio moral. E incluso dictamina, no sobre la obra, sino sobre el fuero interno de Roca Barea, llamándola vanidosa.

Junto a esto, conviene explicar algo elemental, es decir, la diferencia entre la historia y la literatura. De lo contrario, nos perdemos en un debate estéril y vano. Hacemos nuestra la definición del objeto formal de la historia de García Villada: los hechos humanos de los hombres, considerados no en sí mismos, sino como producto de seres sociales y en su encadenamiento causal. Como se ve, el objeto formal no puede ser más distinto del de la literatura, sin perjuicio de que las novelas ambientadas en un tiempo cercano o contemporáneo al autor puedan contener datos históricos de enorme utilidad. Siempre hemos defendido el uso de la literatura de la época como fuente válida de innumerables datos; eso no significa que la realidad de la que los novelistas toman los datos no haya sido procesada con alteraciones, voluntarias o involuntarias. Sería como creer que la Ilíada es un libro de historia.
Desde hace siglos se ha pintado a la Inquisición como la encarnación de la falta de libertad de opinión, cuando lo cierto es que juzgaba cuestiones doctrinales y disciplinares. En términos generales, la libertad de expresión existía en la mayoría de asuntos; tal vez en más asuntos que la actualidad. Basta echar un vistazo a los memoriales de españoles en América enviados a la Corte que ha estudiado Lewis Hanke y a los que dedicamos una reseña en este blog, o la anécdota del fraile de Yuste llamando impunemente ¡Hideputa! al emperador porque éste había osado molestarle mientras dormitaba en el coro. No se puede ver en una novela, sino en las cartas, apologías e impugnaciones en forma de libros que inundaban las bibliotecas del siglo XVI para establecer que las cuestiones sobre las que podía hablarse y el ámbito en el que se desarrollaban los debates de la época eran mucho más libres y serios que los actuales, aunque la hipócrita e ignorante soberbia del hombre actual le permiten mirar por encima del hombro al del pasado, a quien jamás se le ocurrió proclamar un supuesto derecho a la libertad de expresión para luego limitarlo de todas las formas posibles.

En la época del Santo Oficio, se castigaba que un católico mantuviera proposiciones dudosas o contrarias a la fe, cosa que era muy fácil hacer involuntariamente, lo cual explica la gran distancia entre el número de causas y el número de relajaciones (condenas a muerte), de alrededor de un 2%. Otro dato importante es que en los casi cuatrocientos años de la existencia del tribunal, el rigor se alternaba con largos periodos de laxitud. La Inquisición no juzgaba sentimientos ni cuestiones relativas al fuero interno, sino hechos que debían ser probados. En este sentido, repugnaban a la mentalidad legalista de la época delitos modernos sobre sentimientos o indicios. Es una simpleza entrar a comparar épocas que de suyo son diferentes, pero, puestos a hacerlo, en los siglos prerrevolucionarios era impensable el actual delito de odio o la elevación a la ley de una elucubración de sospechas -aunque la hubiera socialmente- contra un determinado colectivo, como hoy la hay con la ideología de género. De hecho, la existencia de un tribunal como la Inquisición evitaba que tomaran fuerza las arbitrariedades e injusticias de las diversas inquisiciones oficiosas que hay siempre en todas las sociedades. Por eso, muchos cristianos nuevos como fray Torquemada fueron grandes defensores del tribunal, ya que la ley les protegía de la sospecha general que el vulgo hacía recaer sobre los conversos. En teoría, los sospechosos tenían la posibilidad de probarse inocentes y de dejar en evidencia a los falsos acusadores. Cuidado, decimos la posibilidad teórica, no decimos hubiera abusos, errores y toda clase de excesos, máxime con la aberración de la delación anónima, que propiciaba que los enemigos personales de cualquiera usaran el Santo Oficio para hundir la fama o la vida de cualquiera. En este sentido, Pérez Reverte deplora los procesos a fray Luis de Granada y a fray Luis de León, pero olvida que ni siquiera el Arzobispo de Toledo, que era probablemente el hombre más poderoso de España después del Rey, se libró de un juicio; comparativamente, nuestra época, en la que tantos criminales quedan en la impunidad y tantas veces se humilla al más elemental sentido de justicia, no puede mirar por encima del hombro a los siglos prerrevolucionarios. Por eso, lo mejor es mirar cada época con la mentalidad de cada época y no atribuir a la Inquisición lo que, por ser propio de la condición humana, también ocurre en nuestra propia época, como los linchamientos físicos o morales.

La Inquisición juzgaba afirmaciones contrarias al dogma de la Iglesia o cuestiones graves como la solicitación –cuando un sacerdote usaba su acceso a la intimidad de los penitentes para fines deshonestos-. Es decir, lo que se juzgaba en un proceso inquisitorial son cuestiones que quedaban fuera de los debates habituales del común y no afectaban a la mayoría de las personas, cosa que, por ejemplo, no ocurre hoy.

Pero lo que hay en el fondo del debate sobre la Inquisición, lo que se discute realmente, es la autoridad de la Iglesia para defender la doctrina católica con la ley. La Iglesia hacía esto de acuerdo con sus tres potestades, plenas y universales, de santificar, enseñar y gobernar, concretamente con la última. Es decir, lo que hay en el fondo de la cuestión es la negación de los supuestos herederos de los ilustrados de la potestad de la Iglesia para gobernar, es decir, para hacer leyes y velar por su cumplimiento. Como toda institución judicial, el tribunal de la Inquisición defendía un bien –independientemente de que cada uno crea que lo es o no-, en este caso, la integridad y la ortodoxia de la doctrina de la Iglesia, cuya profesión era necesaria para conseguir el mayor de los bienes: la salvación del alma. Por eso, la Inquisición únicamente tenía jurisdicción sobre los católicos, es decir, sobre sus súbditos. No juzgaba a judíos, ni musulmanes, ni protestantes. Eso no significa que la Iglesia, en la cabeza del Romano Pontífice, no se reconociera potestad plena y universal –como se discutió en Salamanca-. Lo que significa es que la Iglesia, a petición de la Corona, es decir, de lo que hoy llamaríamos el Estado, juzgaba y entendía la ortodoxia de la fe entre los suyos, y que el poder civil castigaba los delitos contra ella. Eso es lo que se niega, lo que se critica. Ahora bien, es ridículo hacerlo en 2019. Y si comparamos, es más ridículo hacerlo en una época en la que cualquier improvisado comité de ignorantes, sin más magistratura ni autoridad que su audacia y desvergüenza, se atreve a montar campañas contra quien se les antoja que quebranta cualquier norma dictada por su caprichosa moral, elevada a absoluto, desde la de no comer carne a la de no asistir a una corrida de toros.

Pérez Reverte asegura que “Roca Barea niega la tenaza de oligarcas y obispos que nos mantuvo analfabetos y atrasados durante siglos”. Teniendo en cuenta que Roca Barea ha escrito –con mayor o menor fortuna- contra la Leyenda Negra, Pérez Reverte ha logrado deducir que Roca Barea no cree en ella. Además de esto, el novelista cree que los españoles del tiempo anterior a Pérez Reverte –excepto Galdós, Blasco Ibáñez, Baroja y otros- son analfabetos y atrasados, y todo por culpa de obispos y oligarcas. Fantástico. Pérez Reverte se compara con ellos –obviando el pequeño detalle de que ha nacido en otra época- y se considera más culto y más moderno que, por ejemplo, Antonio de Nebrija, el Patriarca Juan de Ribera o Francisco de Vitoria.

Al final, lo que subyace es una simpleza: los ilustrados son esos hombres buenos que nos trajeron las luces frente a los hombres malos que nos condenaban a la oscuridad. Porque sí, porque lo dicen ellos, que son la luz y la modernidad. Por lo visto, antes de la Ilustración y en el mundo católico no existían las instituciones científicas, ni los debates de ideas, ni los avances tecnológicos aunque, en realidad, es de donde surgieron. Para los que contraponen la Ilustración al Siglo de Oro –obviando que en España, la primera no tuvo un carácter antirreligioso-, la religión verdadera es una superstición. Ésa es la gran cuestión, y es la razón por la que la religión ha sido reducida al ámbito privado. Precisamente el mismo ámbito al que el Santo Oficio intentó reducir las herejías religiosas y sociales.

Para estos simplificadores, los hombres del Siglo de Oro, y por extensión todos los católicos, son inferiores a los ilustrados y a los que niegan el dogma de la Iglesia. Son ellos los que perdonan la vida, por ejemplo, a Santo Tomás de Aquino, no pudiendo refutarle en su campo, sino borrándolo del mapa con el desprecio y creando un sistema nuevo a partir de la subjetividad de un filósofo particular, seguido de otro sistema nuevo a partir de la subjetividad de otro filósofo particular. Y desde luego, simplifican la dinámica histórica que hizo que España entrara en decadencia tras doscientos años de guerras continuadas en innumerables frentes, frente al éxito de otras naciones, creyendo que en éste todo el monte es orégano. Son ellos los que miran por encima del hombro al populacho y le llaman analfabeto y atrasado porque cree en Dios, pero no entran en los fundamentos racionales, históricos y filosóficos de la doctrina cristiana que la Iglesia se ha molestado en explicar durante siglos, como si el catolicismo fuera la religión de un iluminado que aparece de repente. Y así llegamos hasta los totalitarismos -hijos de las luces- y el caos actual, en el que la razón no existe, porque sólo hay derechos, subjetividades, ignorantes satisfechos y una sociedad enloquecida y con pulsiones suicidas. Dice Pérez Reverte que sólo la cultura puede salvar nuestra sociedad. ¿Y cómo se transmite la cultura? ¿Qué instituciones deben hacerlo? Y no menos importante, ¿qué cultura? ¿La que cree que es despreciable el cristianismo y, por extensión, todo lo que precede de él (Dios, ley, familia, jerarquía, respeto a la palabra dada, buena fe en las relaciones humanas, autoridad, suavidad de costumbres, sentido del deber y de la justicia, pudor, educación, buenos modales, etc.)?

Lo llamativo del asunto es que Pérez Reverte ha defendido la tesis de Roca Barea en ocasiones –el problema de España son sus élites-, aunque la ensayista puntualiza que esto es porque las élites españolas desprecian a España, a su cultura y a su historia, para abrazarse acríticamente al extranjero. Y, teniendo en cuenta que la campaña contra Roca Barea ha sido orquestada por ciertas élites, su tesis parece tan actual ahora como hace décadas.

Acerca del autor

Diego Urban

Historiador por temperamento y vocación. Licenciado en Historia por la Universidad de Valencia. Autor del documental "La cruz, el perdón y la gloria" y del libro "¡Arde, Líbano! Guerra, política internacional y facciones en el Líbano (1969-1977)". En 2017 comenzó a publicar el blog Suprahistoria.com


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