La cruzada de Cefalonia

En el año 1500, se estaba formando una tormenta en Italia. Hacía dos años que franceses y españoles habían firmado una paz precaria. Unos y otros tenía puestas sus ambiciones en Nápoles. El rey don Fernando sabía que la situación no podía durar mucho y, teniendo un ejército sobre las armas, no deseaba permitirles que se relajaran con una larga temporada de paz. Apenas hacía veinte años que, en un episodio que horrorizó a la Cristiandad, los turcos tomaron la ciudad de Otranto y tomaron como esclavos o pasaron a cuchillo a su población. La presión sobre los cristianos no se rebajó tras la recuperación de la ciudad: los otomanos continuaban tomando puertos e islas  en el Egeo. El papa Alejando VI pidió a los monarcas cristianos que detuvieran el avance turco y expidió bulas. Era la ocasión que esperaba el rey Fernando para mantener en pie de guerra a su ejército y aumentar su fama de campeón de la Cristiandad. La expedición se dirigiría contra la isla de Cefalonia, posesión veneciana que había caído en manos turcas. Tres españoles sobresalientes dirigirían la campaña: el Gran Capitán, Pedro Navarro -conquistador de Orán- y Diego García de Paredes, el ‘Hércules español’, que protagonizaría una de las proezas que le dieron fama universal. Probablemente, el mejor relato que se ha escrito sobre este episodio militar pertenece a un libro de Miguel Muñoz de San Pedro que alguien debería reeditar. Es una narración ágil, aunque llena de erudición. Los apellidos de veteranos de Orán, los Arriarán, los Pedro de Paz, acompañarán al Gran Capitán en sus ulteriores campañas napolitanas. 

«Para el mundo cristiano era una pesadilla constante la amenaza de los infieles, sobre todo desde que éstos se adueñaron de Constantinopla. En 1458 se apoderaron de la última posesión aragonesa en Grecia, la isla de Egina. Ya en 1496 habían tomado Bosnia y sostuvieron dura lucha contra los polacos en Moldavia. En 1498 se luchó en la misma Polonia, causando devastaciones en gran parte del territorio. Un año después, se enfrentaban con Venecia. 

El Papa lanzó apremiantes exhortaciones de cruzada a los monarcas cristianos. Preocupados éstos en sus problemas internos o en sus planes de expansión, limitáronse a responder con buenas palabras y sin ninguna ayuda práctica. 

El 1 de junio de 1500, el Papa Alejandro VI, volviendo a insistir, expidió Bula a toda la Cristiandad, donde, después de resaltar la furia cruel de los infieles, excitaba a la urgente defensa común. Ningún resultado de conjunto logró tampoco de esta llamada apremiante. Sin embargo, antes de ella había ya una nación dispuesta a la lucha. “Sólo el Rey Católico, entre todos los príncipes de la Cristiandad y entre todos los pueblos mediterráneos –escribe Giménez Soler- se dio cuenta del peligro y, sin requerimiento de nadie, envió una escuadra” (…) que, al mando del Gran Capitán, salió de Málaga el 5 de junio de 1500, llegando a Mesina el 18 de julio o el 1 de agosto, tras penosa navegación (…). Con su tacto, talento y energía fue superando todo, “y la armada creció de tal suerte –dice Zurita- que tenía muy en orden sesenta barchas, tres carracas y siete galeras, y otros navíos”.

El Gran Capitán necesitaba gente, y sus filas se engrosaron con valiosos colaboradores. En Mesina vinieron a unírsele dos hombres, de turbio pasado y perseguido como un pirata el uno; de limpia nobleza e inquieta audacia, el otro; por igual, valientes y luchadores. Sus nombres irían en el futuro ligados a los laureles victoriosos del gran caudillo español. Se llamaban Pedro Navarro, el perito en el difícil y peligroso manejo de las minas; y Diego García de Paredes, tan señalado por su osadía y por sus fuerzas hercúleas. 

Islas de Grecia, lucha contra infieles, Gonzalo de Córdoba por jefe… ¿Cómo no iba a tentar todo esto la ilusión de Paredes? Allá fue a Mesina, a unirse a la flota española (…). 

La cruzada tenía como objetivo deshacer la presión que en el Mediterráneo ejercían los turcos. Esto estaba ya logrado con la sola presencia de la armada de España, porque los del Islam, que tras la conquista de Morón y Corón, se aventuraron a poner sitio a Nauplia, habían levantado este asedio, y tal fue su temor, que no pararon hasta Constantinopla. Ahora quedaban dos cuestiones, cuya solución parecía ligarse perfectamente: elegir un puerto adecuado para la invernada y desalojar a los turcos de algún baluarte de los arrebatados a los cristianos. Ambas cosas coincidían en la isla de Cefalonia, posesión perdida por los venecianos, donde una magnífica ensenada, al abrigo de todos los vientos, se extendía entre los pueblos de Lixuri y Argostoli. 

Era la principal fortaleza de Cefalonia el castillo de San Jorge, asentado sobre rocas en un cerro inexpugnable, dominando el puerto al que la escuadra venía a invernar. Valerosa guarnición turca guardaba el fuerte, inútilmente tratado de rendir por los venecianos durante cuatro meses. Gonzalo de Córdoba, decidido a dejar bien alto en Oriente el nombre de España, tomó a su cargo la difícil empresa. 

El 8 de noviembre de 1500 organizose el cerco en torno al castillo de San Jorge. Con gran dificultad por lo escarpado del terreno, se colocó la artillería, plantando junto a ella su tienda el Gran Capitán, con dos mil quinientos peones y algunos hombres de armas. Delante puso a seiscientos de infantería, mandados por Villalba y Pizarro, y detrás de las piezas artilleras se establecieron los venecianos. En la avanzada del lado derecho quedaron Diego de Mendoza y Pedro de Paz con doscientos hombres de armas, doscientos caballos ligeros y mil quinientos infantes; en la del izquierdo, otros mil quinientos peones al mando de los demás capitanes de la infantería, entre los que se encontraba Paredes. Completose el cerco por Pedro de Hoces y el Comendador Mendoza con cien hombres de armas, cien caballos y mil peones. 

Cerrado el férreo cinturón, Gonzalo destacó como emisario al Comendador Solís, para intimar a rendirse a los de la fortaleza. Componíanse en gran parte las fuerzas sitiadas de renegados cristianos, siendo jefe de ellas un albanés llamado Gisdar, hombre valiente y duro. Rechazó con energía el perdón que a cambio de entregar el castillo se ofrecía a los defensores, pero tuvo frases discretas, y envió al Gran Capitán, como presente, un arco y un carcaj dorado lleno de flechas. Pese a estas delicadezas, la lucha sería dura. Éstos de Cefalonia estaban dispuestos a morir antes que a rendirse y “resistieron cerca de dos meses –dice Bernáldez- muy esforzada y varonilmente”. 

Los cristianos iniciaron la ofensiva comenzando a batir los muros. Durante noviembre y diciembre se sucedieron, sin interrupción ni peso decisivo para romper el equilibrio, ataques y escaramuzas. 

Disponían los sitiados de buenas armas y contaban con un curioso artificio, consistente en unas grandes tenazas o garfios de hierro, con los cuales cogían a los más osados al llegarse junto al castillo, elevándolos hasta lo alto de la muralla para ser allí acuchillados o sumergidos en calderas de aceite hirviendo. Sin duda, recordaban los del Islam esta frase de su profeta: “Hemos preparado un brasero ardiente para los infieles”. 

García de Paredes, aquel que luego fue uno de los más valientes soldados que en el campo hubo, era -¿cómo no?- de los más audaces en acercarse al fuerte, sin reparar en riesgos, que despreció siempre. Un día y otro, en busca de pelea, rondaba los muros de San Jorge espada en mano, al acecho de lances y escaramuzas. Ágil y fuerte como un centauro, saltaba sin cesar sobre las aristas de las escarpadas rocas, ajeno a la amenaza de aquellos hierros que se cernían sobre su cabeza como ave de rapiña dispuesta a clavar sus garras. Cien veces logró esquivar el artefacto, pero, por fin, un día “en aquellos garfios –dice Jovio- fue preso con grande peligro de su vida”. La figura del guerrero, aún no destacada del todo entre sus compatriotas, iba ya a perfilar sus trazos firmes. 

Cogido en las férreas tenazas, Paredes fue por los aires, camino de una muerte, al parecer, inevitable. Quizá la potencia excepcional de su musculatura hubiera podido quebrantar aquella máquina; pero entonces se estrellaba, sin posible salvación, contra las rocas. Conservando su espada y su rodela, Diego puso pie sobre las almenas. Abierto el artefacto, quedó en libertad de acción para empezar una lucha que parece increíble y es, sin embargo, completamente cierta. Aquí no estamos en el terreno legendario, debatiéndonos entre conjeturas para aquilatar una posible realidad; aquí pisamos el plano firme de la Historia, que nos garantiza la novelesca aventura, coincidentemente consignada en las crónicas. 

Erguido en las murallas del castillo de San Jorge, Diego García acuchilló a los turcos destinados a dar muerte a los prisioneros de los garfios. Refuerzos y más refuerzos vinieron contra él, estrellándose ante la resistencia del hombre de energías asombrosas. El episodio es fantástico, increíble, apasionante. La lucha se prolongó horas y días. Mientras la masa de enemigos le iba cercando y acosando, sin rendirle, bravío, indomable, Paredes arrancaba vidas de infieles con su espada. Era tanto el daño que “ya a los turcos –dice la “Crónica manuscrita”- les había pesado por lo haber subido arriba”. 

Fue algo sobrenatural aquella lucha titánica, prolongada “hasta que la fatiga del cansancio y hambre, después de haberse defendido tres días, le rindió”. Sólo el tiempo, con la colaboración de las necesidades fisiológicas, puso prisionero en manos de sus enemigos a Diego, y entonces “fue tenido en tanto de los turcos, que Gisdar, en gracia a su bravura, –escribe Luengo- le perdona la vida”. 

Mientras Diego quedaba prisionero de los turcos, el Gran Capitán proseguía el cerco de la fortaleza, planeando el ataque definitivo. La situación del campo español había llegado por aquel entonces a un estado lamentable, por la escasez de víveres, teniendo que alimentarse los soldados con raíces. Herrera y Arriarán partieron a Calabria en busca de alimentos. El Gran Capitán no podía esperar más. Rezaba con fervor pidiendo a Dios iluminase su inteligencia con una idea salvadora, que surgió por fin en su mente, concretada en un intento nocturno, con muy pocos soldados y muchos relevos, para desvelar a los turcos, atacándolos al siguiente día, cuando los rindiera el cansancio de la pasada noche sin dormir. 

El plan se puso en marcha el 23 de diciembre, intensificándose el bombardeo. Luego, durante la noche, no se dio reposo a los sitiados, iniciando ataques por distintos puntos a la vez. La escuadra cooperaba, batiendo los muros sin cesar. Minas y contraminas, utilizadas durante el cerco, al parecer sin gran éxito, entraron otra vez en juego. 

La artillería consiguió abrir brecha, y en la madrugada del día 24, Gonzalo, después de arengar a las tropas, lanzose al asalto. Fue una lucha terrible, encarnizada, en la cuál los dos bandos, con idéntico propósito de morir o vencer, se confundían en combates cuerpo a cuerpo. Los turcos sostuvieron el asalto “con intrépida resolución –dice Prescott-, cerrando la brecha con los cuerpos de sus compañeros de armas muertos y moribundos”. 

Paredes seguía prisionero y al estruendo del ataque, cobró ánimos para participar en la contienda. Otra vez sus energías poderosas entraron en juego: “Diego García de Paredes –escribe Logendio-, librándose con sus fuerzas extraordinarias de la prisión en que se encontraba, corrió a secundar el combate”. Con un arma de la que pudo adueñarse, Paredes eliminó a sus guardianes y corrió al recinto acuchillando enemigos. 

Coronó la victoria un pugilato de heroísmo. Hasta el Gran Capitán, pasando los límites de toda prudencia, intervino en la pelea personalmente, como un soldado más, siendo esta actitud impulso definitivo del triunfo, según narró Diego al autor de la “Crónica manuscrita”. Los turcos cumplieron también como buenos. Gisdar murió sin rendirse. 

Los españoles, en la Nochebuena del Año Santo de 1500, ofrendaron a Cristo, al nacer en la anual evocación, un pedazo de tierra arrancado del poder del Islam, sobre el que volvía a erguirse la Cruz redentora. Por toda la Cristiandad resonó el clamor de esta victoria, que levantaba los deprimidos espíritus del mundo occidental.

Gonzalo de Córdoba, después de entregar Cefalonia a los venecianos, sus antiguos dueños, salvado su ejército casi milagrosamente del hambre, gracias a grandes cantidades de castañas y avellanas que el mar trajo a las costas, procedentes de un barco naufragado, zarpaba con toda su escuadra hacia Sicilia el 7 de enero de 1501″.

Miguel Muñoz de San Pedro, “Diego García de Paredes. Hércules y Sansón de España”, pp. 124-134, Espasa-Calpe, Madrid, 1946. 

Acerca del autor

Diego Urban

Historiador por temperamento y vocación. Licenciado en Historia por la Universidad de Valencia. Autor del documental "La cruz, el perdón y la gloria" y del libro "¡Arde, Líbano! Guerra, política internacional y facciones en el Líbano (1969-1977)". En 2017 comenzó a publicar el blog Suprahistoria.com


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