La «vía eslovena» de Torra – Puigdemont, de nuevo

Recientemente, Joaquim Torra ha recuperado la idea –ya sostenida anteriormente por dirigentes golpistas- de la vía eslovena a la independencia. Como explicamos en su día en otra entrada, dicha vía consistió en la organización de una guerra de baja intensidad que neutralizara la iniciativa política del Estado central y que precipitara el reconocimiento internacional de los insurrectos, mediante la apertura de una negociación entre iguales –igualando a los insurrectos a un Estado soberano-, garantizada por potencias extranjeras, como único medio de conseguir el fin del conflicto. Dicho en otras palabras, se trata de convertir una crisis política interna de un Estado soberano en un conflicto armado con una implicación internacional que quite a dicho Estado soberano la autoridad para resolverlo. La internacionalización del conflicto es el objetivo final, es decir, dar carta de soberanía a un agente interno –el separatismo nacionalista encaramado en un gobierno regional-, en detrimento de un Estado soberano como España. Esta internacionalización, por cierto, es lo que desde siempre intentó la banda terrorista ETA, siguiendo el fracasado modelo del IRA, aunque también hayan reivindicado el de la OLP o el FLN argelino, más alejados todavía de la realidad vasca que el caso irlandés.

El golpe de octubre de 2017 fue llevado a cabo de acuerdo con un plan que tenía como modelo la insurrección eslovena que provocó la Guerra de los Diez Días, pero dicho plan no pudo realizarse íntegramente:

-En primer lugar, la secesión en Cataluña no contó en ningún momento el respaldo popular que había tenido en Eslovenia. En el Parlamento regional, los partidos separatistas recibieron el apoyo del 47% de los votantes, que, por la ley electoral vigente resulta en una mayoría absoluta por un margen muy estrecho. Por otra parte, el referéndum ilegal del 1-O de 2017, el centro de la estrategia separatista, fue una auténtica chapuza llena de irregularidades. La torpeza de los separatistas ni siquiera pudo disfrazar el pucherazo; a pesar de que hubo quien votó varias veces, e incluso votaron personas no incluidas en el censo electoral, la participación apenas alcanzó el 43%, con lo cual, el resultado del 95% a favor del “sí” es anecdótico. Los separatistas intentaron disfrazar el fracaso con una campaña de difamación de las fuerzas de seguridad del Estado que habían intervenido para evitar por la fuerza que se produjera el referéndum ilegal. Se habló de 900 heridos y varios muertos, pero al día siguiente sólo había cuatro heridos en el hospital y el único muerto era un hombre que ingresó por un ataque cardíaco, sin mayores consecuencias. En los siguientes días, pese a la extraña intoxicación de medios internacionales –que algún día habrá que aclarar a qué dinero o influencias se debió-, la manipulación de las fotos y los datos contrastados fueron saliendo a la luz, y la campaña victimista del separatismo fracasó. Más aún, tras la manifestación de un millón de personas en Barcelona el 7 de octubre a favor de la unidad de España, quedó claro para todo el mundo que en Cataluña había una sociedad dividida, pero no mayoritariamente inclinada a la independencia. Las diferencias con Eslovenia son evidentes: en el país balcánico, el referéndum por la independencia fue votado por un 98% del electorado y el “sí” recibió un apoyo casi unánime (88%). Ver la entrada sobre la secesión eslovena.

-En segundo lugar, faltó el factor de la violencia armada –que demostraría ser determinante, tanto en Cataluña como en Eslovenia-, a causa de la carencia, por parte de los golpistas, de algo parecido a la Defensa Territorial eslovena que puso en jaque al Ejército federal yugoslavo en 1991. El gobierno golpista catalán quiso utilizar a la policía autonómica –los Mossos d’Esquadra- como fuerza que apoyara el golpe de Estado, pero no pudo hacerlo. Le faltó el pulso para intentarlo, y no le faltó razón para hacerlo, porque los Mossos no son una fuerza unánimemente independentista, ni  están capacitados para neutralizar a las otras fuerzas de seguridad –Policía Nacional y Guardia Civil-, ni para enfrentarse al Ejército. En la entrada citada hablamos del pedido de armas –prohibido por el gobierno de Rajoy- de la Generalidad golpista para los Mossos, del entrenamiento de una unidad de estos por un país extranjero según las indiscretas revelaciones de Santiago Vidal –posiblemente como punta de lanza de un Ejército separatista- y de las preocupantes líneas de crédito que entidades extranjeras habrían ofrecido a la nueva República catalana. Una vez que se hizo evidente el fracaso del golpe, cuando sólo la fuerza extremista de la CUP, a través de la perturbada diputada Eulalia Reguant hizo llamamientos para «ocupar el territorio», el ministerio del Interior español ordenó a la Guardia Civil tomar los aeropuertos, puertos y lugares clave. Posteriormente al fracaso golpista, la puesta en marcha de los Comités de Defensa de la República (CDR) como sustitutivo semiclandestino de una fuerza coactiva separatista institucionalizada ha demostrado ser menos eficaz que la utilización de los Mossos. Los CDR tienen escasa capacidad de convocatoria y no sólo han demostrado nula capacidad para enfrentarse a un Estado, sino que tampoco han logrado silenciar a la oposición social al separatismo, como lograron los terroristas de ETA. 

-En tercer lugar la vía eslovena no pudo realizarse porque España no resultó ser un Estado en descomposición como podía serlo, con muchos matices, la Yugoslavia de 1991. Quedan por aclarar las extrañas maniobras del gobierno español de Mariano Rajoy, que no tomó medidas preventivas para evitar el referéndum ilegal. Hubiera sido muy fácil impedir el acceso a los separatistas ocupando los colegios en la jornada anterior por pequeños dispositivos policiales; en lugar de esto, se ordenó lo más difícil, es decir, se dio orden de desalojo cuando los colegios estaban ocupados por piquetes separatistas, y sólo en algunos, al tiempo que la ministra Sáenz de Santamaría prohibió la difusión de la violencia de los separatistas contra la policía. Frente a esta incomprensible actuación del gobierno español, el discurso televisado de Felipe VI y la manifestación proespañola de Barcelona del 7 de octubre –junto a otras en el resto del país de apoyo a la Policía Nacional y Guardia Civil- mostraron que España no era un país en estado terminal. Estos fenómenos estuvieron ausentes en Yugoslavia. La suspensión parcial de la autonomía catalana por la aplicación del artículo 155 de la Constitución española –muy aplaudido por amplios sectores-, el parcial retroceso separatista de las elecciones regionales de diciembre de 2017 –aunque apenas dos diputados menos- y la acción de la Justicia contra los golpistas ha roto cualquier posible comparación de Cataluña con la Eslovenia de 1991. 

Por estas razones, la apelación de Torra a la vía eslovena no tiene sentido. Como gobierno separatista, la Generalidad de Torra-Puigdemont es un Estado fallido. El gobierno de Pedro Sánchez, que naciendo de una moción de censura y no de unas elecciones sólo podría tener carácter transitorio, está muy desgastado por la corrupción y su política de apoyarse en los extremistas; tras su rotunda derrota en las elecciones andaluzas, debería convocar elecciones. La independencia de Cataluña es cada día menos posible, a menos que la política de Frente Popular llegue a sus últimas consecuencias, y es difícil que eso cuente con la aprobación de los que pagaron las armas con las que el gobierno esloveno se enfrentó al Ejército yugoslavo en 1991. No obstante, no hay que subestimar la capacidad desestabilizadora de los agentes externos.

Acerca del autor

Diego Urban

Historiador por temperamento y vocación. Licenciado en Historia por la Universidad de Valencia. Autor del documental "La cruz, el perdón y la gloria" y del libro "¡Arde, Líbano! Guerra, política internacional y facciones en el Líbano (1969-1977)". En 2017 comenzó a publicar el blog Suprahistoria.com


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