Los Reyes Católicos (I): una semblanza

Los Reyes Católicos, doña Isabel y don Fernando. La fama de su reinado llega hasta nuestros días y, con razón, se les ha considerado los mejores reyes de España. No eran personas fallidas –espíritu alto y corazón baxo, como diría un clásico-, sino personas de carácter y temperamento, conocedoras de sus deberes y con un alto concepto de su misión. Eran gravemente religiosos, no como una característica de sus inclinaciones o de su época, sino como una constante que conforma sus ideas y actos. Hernando del Pulgar, Diego de Valera, Lucio Marineo Siculo y, en nuestros días, Andrés Giménez Soler y Luys Santa Marina, escribieron deliciosas líneas sobre los dos grandes reyes. 

Don Fernando se educó y formó en los campamentos, entre hombres de guerra, no entre damas y eruditos; su característica fue el valor personal y la destreza en el manejo de las armas. Pero esto no quiere decir que fuera un soldadote. Fue su ayo un caballero llamado don Gaspar de Espés; tuvo de preceptor a un famoso humanista, primer traductor al español de Salustio, y trató íntimamente a personas que, aunque dedicadas preferentemente a las armas, habían vivido en la erudita y suntuosa Corte de Nápoles, al lado de su tío, el rey Alfonso V (monarca de Aragón, Nápoles y Sicilia).

Físicamente era Don Fernando, según Hernando del Pulgar, “home de mediana estatura, bien proporcionado en sus miembros, con las facciones de su rostro bien compuesto, los ojos rientes, los cabellos prietos e llanos, e hombre bien complisionado: tenía la fabla igual, ni presurosa, ni mucho espasiosa, e había una gracia singular: que cualquiera que con él fablase, luego lo amaba e le deseaba servir, porque tenía la comunicación amigable…, era hombre muy tratable con todos, especialmente con sus servidores íntimos. Cabalgaba muy bien a caballo en silla de la guisa e de la jineta, justaba sueltamente e con tanta destreza, que ninguno de todos sus reinos lo faría mejor. Era gran cazador de aves e home de buen esfuerzo, e gran trabajador en las guerras; placíale jugar todos los juegos, pelota, ajedrez e tablas, e en esto gastaba algún tiempo más de lo que debía”.

Despreció a los aduladores, no consintiendo que se escribiera crónica alguna de su reinado y de sus propios hechos. No se cuidó de asegurar su fama, y esto, tan de aplaudir por la modestia y honradez que demuestra, fue para él funesto; los cronistas de otros personajes hallaron la manera de encumbrar más de lo justo a sus biografiados, rebajándole a él, y la posteridad se ha guiado más por los dichos de estos cronistas que por el examen de los hechos.

Si del Rey dijo Marineo Sículo lo que se ha copiado, de la Reina dice: “Fue esta excelente señora gran amadora de virtudes, deseosa de grandes loores e clara fama… hablaba el lenguaje castellano elegantemente e con mucha gravedad; holgaba en gran manera de oír oraciones e sermones latinos, porque le parescía cosa excelente la habla latina bien pronunciada. A cuya causa, siendo muy deseosa de lo saber, fenecidas las guerras en España (aunque de grandes negocios estaba ocupada), comenzó a oír lecciones de gramática. En la cual aprovechó tanto, que no sólo podía entender los embajadores y oradores latinos, mas pudiera fácilmente interpretar y transferir libros latinos en lengua castellana… Era tanta su atención, que si alguno de los que celebraban o cantaban los psalmos o otras cosas de la Iglesia erraba alguna dicción o sílaba, lo sentía y lo notaba, y después, como maestro a discípulo, se lo enmendaba y corregía”. Idéntico juicio emite Hernando del Pulgar: “Fablaba muy bien y era de tan excelente ingenio, que en común de tantos e tan arduos negocios como tenía en la gobernación de sus reinos, se dio al trabajo de aprender las letras latinas e alcanzó en tiempo de un año saber de ellas tanto, que entendía cualquier fabla e escritura latina… era una mujer muy aguda y discreta, lo cual vemos muy pocas veces concurrir en una persona”.

Don Fernando no fue avaro ni tacaño, sino generoso y liberal, aunque llevó fama de lo primero. Anglería, en su epístola DLXVI, fechada en Guadalupe el mismo día de la muerte del Rey, y dando cuenta de ella, se expresa de este modo: “El señor de tantos reinos, el adornado de tantas palmas, el propagador de la fe católica y el vencedor de tantos enemigos murió en una miserable casa rústica y, contra la opinión de las gentes, pobre. Apenas se encontró dinero, ni en su comitiva, ni en parte alguna, para su funeral ni para el luto de sus servidores, contrariamente a lo que todo el mundo creía mientras vivió. Claramente da a entender esto quién fuera, con qué larga mano dio y cuán falsamente los hombres lo han tachado de avaro”. Lo mismo dice Hernando del Pulgar: “…e porque todas sus rentas gastaba en cosas de la guerra y estaba en continuas necesidades, no podemos decir que era franco”.

 Doña Isabel, en cambio, era según este cronista, (…) generosa en dádivas: “érale imputado que no era franca, porque no daba vasallos de su patrimonio a los que en aquellos tiempos la sirvieron. Verdad es que, con tanta diligencia guardaba lo de la Corona real, que pocas mercedes de tierras e villas le vimos en nuestro tiempo fazer…, pero quan estrechamente se había en la conservación de tierras, tan franca e liberal era en la distribución de los gastos continuos e mercedes de grandes cuantías que fazía”.

 Don Fernando era dócil y amigo de asesorarse de quienes podían hacerlo: “era –dice Pulgar- remitido a consejo, en especial de la Reina, su mujer, porque conocía su gran suficiencia”. “Placíale a la Reina la conversación de personas religiosas e de vida honesta; con las cuales había muchas veces sus consejos particulares; e como quier que oía el parecer de aquellos e de los otros letrados que cerca de ella eran, pero por la mayor parte seguía las cosas por su arbitrio…, quería que sus cartas e mandamientos fuesen cumplidos con diligencia…, era firme en sus propósitos, en los cuales se retraía con dificultad”.  

“Era de buen entendimiento –dice Hernando del Pulgar- e muy templado en su comer e beber y en los movimientos de su persona…”.

 Los dos eran reservados. Dice Pulgar de él: “ni la ira ni el placer fazían en él alteración”; y de ella: “encubría la ira e disimulaba e por esto que de ella se conocía, ansí los grandes del reino como los otros temían caer en su indinación”. 

 A pesar de la templanza que mostraba, por su comportamiento en algunas ocasiones, no cabe duda de que era hombre de genio fuerte. Valera dice que, en el sitio de Burgos, durante la Guerra de Sucesión castellana, la muerte de dos caballeros aragoneses hizo que el rey “con gran furor tomó el dardón en el brazo e fue a muy grand priesa a se meter al combate sin ningún recelo, donde muchos tiros de pólvoras e de ballestas e piedras venían, así de lo alto de la fortaleza como de la iglesia, que era cosa maravillosa; e los que cerca del Rey estaban, puestas las rodillas humildemente le suplicaban que no pusiese a tanto peligro su persona, en cuya salud estaba la esperanza de todos estos reinos. E con todo eso, el Rey no dejó con gran furor de pasar adelante. Entonces todos le siguieron, e tan valientemente pelearon, que los que primero estaban muy esforzados, viendo el esfuerzo del Rey, tan grand temor concibieron que desampararon la iglesia, dejando en ella todas las armas e artillería e se subieron a la fortaleza”. Valera cuenta otra ocasión, en que el ejército real pasó cerca de un castillo, cuyos defensores insultaron a los soldados. Un cuerpo de vizcaínos, no pudiendo sufrir las injurias, se metió en el río y remontó la loma del castillo para asaltarlo por las bravas. Los del castillo se defendían bien y hacían mucho daño en las filas castellanas. Don Fernando, en vez de detener aquella indisciplina, “metióse por el río sin ningún temor, esforzando su gente; el esfuerzo suyo tanto valió, que con gran furor en la fortaleza entró por fuerza de armas e todos presos los que en ella estaban, fueron enforcados por mandado del Rey de las almenas más altas”.  Estos y otros ejemplos hicieron a don Fernando queridísimo entre sus hombres.

 A la llaneza que revela en don Fernando el retrato que de él hace Pulgar correspondía la gravedad de doña Isabel (…).  Es acusado don Fernando de felón y de no guardar su palabra. Hernando del Pulgar dice de él: “Home era de verdad, como quiera que las necesidades grandes en que le pusieron las guerras le fazían alguna vez variar”. El mismo concepto, casi con las mismas palabras, expresa respecto de la Reina: “Por su natural inclinación era verdadera e quería mantener su palabra, como quiera que en los movimientos de las guerras e otros grandes fechos que en sus reinos acaecieron en aquellos tiempos e algunas mudanzas fechas por algunas personas le finieron alguna vez variar”.

 Ambos amaban la justicia e hicieron ejecutar sentencias gravísimas, pero respecto de don Fernando dice Pulgar: “De su natural condición, era inclinado a facer justicia, era también piadoso e compadecíase de los miserables que veía en alguna angustia”. Y respecto de doña Isabel: “era muy inclinada de facer justicia, tanto que le era imputado seguir más la vía del rigor que de la piedad, y esto fazía para remediar a la gran corrupción de crímenes que falló en el reino cuando sucedió”.

 La clemencia y moderación con que el Rey don Fernando trató a sus enemigos, incluso contra infieles, se tornaba rigor y ferocidad para castigar los actos de rebeldía. La ciudad granadina de Benemáquez, después de haberse rendido en condiciones favorables, se rebeló. Cuando la ciudad fue reconquistada, el rey ordenó ahorcar en las murallas a los moros principales, vendió al resto como esclavos y arrasó la ciudad hasta sus cimientos.

En cuanto a la Reina, todos los rasgos de su carácter giran en torno al eje de su pensamiento y de su obra: el restablecimiento del orden de todas las cosas. No se trataba de un ideal o un proyecto: era la exigencia innata de un alma ordenada, que sufría al ver el quebrantamiento de la voluntad divina desde su infancia. Luys Santa Marina lo declara, diciendo: “Este rigor de Isabel –en realidad, odio al desorden- se transparenta en una frase que se le atribuye; decía complacerse sobremanera en ver cuatro cosas: “Hombre de armas en campo, obispo puesto de pontifical, linda dama en estrado y ladrón en la horca”. La Reina era vehemente, enérgica e intransigente cuando se trataba de lo que llamamos “principios”. Para defender su soberanía, fue capaz de montar a caballo estando embarazada y entrar en Segovia, que estaba en rebelión. Ante la sorpresa de los amotinados, se dirigió a ellos sin protección y les hizo saber que no toleraría rebeliones contra su autoridad. También les aseguró que estudiaría sus peticiones, cosa que sin duda hizo, pero al no considerarlas oportunas, las rechazó sin temor a un nuevo motín.

Acerca del autor

Diego Urban

Historiador por temperamento y vocación. Licenciado en Historia por la Universidad de Valencia. Autor del documental "La cruz, el perdón y la gloria" y del libro "¡Arde, Líbano! Guerra, política internacional y facciones en el Líbano (1969-1977)". En 2017 comenzó a publicar el blog Suprahistoria.com


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